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Fláhuro llegó ido como sólo los idos llegan. Se dejó sentar en el primero de los todos taburetes que quedaban sin ocupar, con los brazos a lo largo de sus costados, jadeantes. Tosió como primicia de su cansancio; tal vez eso le hiciera tomar recuerdo de su estancia allá, su allá dónde. El barman tomó la comanda, y en seguida sirvió una granadina con menta acompañada de un aquí tiene que se perdió en algún espacio entre la barra y aquél su único cliente. Fláhuro no lo agradeció, no por desdén sino por falto de las fuerzas que le llevó el Miedo cuando se encontró el Norte de cara, hacía apenas no sabía cuánto.
Instantes después caía, en mareo, sobre ella. Se dejó rodar sobre la moqueta, y entró en el siguiente cuarto con el respeto que da siempre entrar en un cuarto vacío. Se sentó en el arcón que arrimaba a una de las paredes, todo mueble allí, y se fascinó con las filigranas de motivos vegetales que sobre papel decoraban la estancia. Tomaba uno de aquellos tallos dorados, y lo seguía con la mirada buscándole fin, veía como se tramaba sobre unos, se urdía bajo otros, multiplicándose en su viaje en uno y mil tallos idénticos a él, uno y mil viajes. Pecíolos con formas de solfas y calderones alimentaban hojas liláceas que se repetían por doquier, en vertical, en horizontal, y en profundidad. Y en profundidad.
Entendió afirmativo el silencio, pero aún quedó quieta al pasar junto a los sillones, en espera de una desaprobación que no llegó. Salió al recibidor, y desde allí tomó las escaleras como tomándolas por vez primera, regodeándose en todos los escalones, subiéndolos de mil modos, los habidos y los por haber, asomando de tanto en cuando la cabecita entre dos balaustres cualquiera, tumbándose panza arriba en las piezas veteadas del mármol, menos toscas en los tercios centrales. Al descansillo del piso de arriba abrían tres puertas del mismo tamaño y cerraba otra menor, en ángulo con las demás. Se descalzó y trompeó en la cama que había adivinado tras una de las puertas.
La sobremesa quedaba ya larga, ralos sus chismes, posos sus cafés. Madre hacía tintinear su cucharilla contra la loza de la tacita, ribeteada con firuletes de todos colores salvo del índigo que querrían ser, mientras prestaba poca atención a las juventudes que la señora de Orbeggia explicaba ya para nadie. Frente a ella, Padre paseaba la mirada por los diferentes retratos de la sala, egregios Orbeggia de otros tiempos. Cuando aburría alguno, volaba su mano tras las moscas que cortejaban las piezas de fruta de los postres, como si útil fuera. El hermano había sido advertido de comportarse ya como el hombrecito que era, y apenas incordiaba silabeando silbos, las piernas en péndulo bajo el mueble de boje, las rodillas desnudas acariciando las auroras del hule . Sombras derramaban por las cornisas y no había reloj.